La jefa morbosa.

El tema de juego que me has propuesto hoy es la jefa y el empleado. No será complicado, he pasado toda la mañana en la oficina, resolviendo los asuntos y todavía estoy muy espesa, sin poder desconectarme.

Hemos quedado en un hotel. Llego la primera (soy la Jefa) y voy directamente a por una botella de agua fría en el frigorífico.  Tu, impaciente, ya estás tocando la puerta. 

Entras un poco inseguro. Mientras bebo el agua, te miro fijamente.

¡Desnúdate! –  te ordeno con voz baja pero firme.

¿Disculpa? – te quedas desconcertado.

Quiero que te desnudes. Entero. Y, por favor, hazlo rápido, todavía tenemos que hacer muchas cosas. 

Apresuradamente, te quitas  toda la ropa y te quedas solo con  calcetines y unos boxers.  Me miras dubitativo. Yo sigo observándote, sin mostrar ninguna emoción.

Quítalo todo. Te quiero ver en todo tu esplendor. – te digo con voz fría.

Si, Jefa. – Te cuesta desprender de los boxers. – ¿Qué hago ahora?

Quédate donde estas, quieto. Ya me acerco yo. Y no hagas más preguntas.

Me acerco lentamente a ti.  Intento alargar el placer. Me pone mucho estar vestida,  formal, con los tacones de aguja, enfrente a un hombre completamente desnudo.

Sin ropa pareces aún mas grande, casi me doblas en el tamaño.  Pero los dos sabemos que ser tan grande no te salvará, hoy yo estoy al mando.

Te sigo observando. Me gustan tus manos, grandes y cuidadas, que en este momento no sabes por donde meter. Echo una mirada en la entrepierna y veo que ya tienes bastante ganas de mi. Pero necesito que te excites aún mas.

Saco de mi bolso un aceite de masaje íntimo, con ligero efecto de calor. Aplico una pequeña porción en la yema de los dedos y  te masajeo los pezones. Mirándote a los ojos, te pinto lentamente los labios con el aceite.

Te dejo el bote y te ordeno a que te untes con él, como si estuvieras masajeándome a mi, mientras me alejo y me siento en el sofá.

-Imagina que me estas tocando en este momento. – te digo – ¿Por donde te gustaría empezar?

El aceite ya hace el efecto y te empiezan ligeramente arder las partes untadas. Instintivamente, te llevas la mano a uno de tus pezones  y yo, a distancia, repito tu movimiento, tocando mi pezón por encima de la ropa. Llevas la mano para rascar los labios y yo, como fiel reflejo en el espejo, llevo mi dedo entero  a la boca. Te empieza a gustar el juego. De nuevo estimulas  tus pezones y yo, sin dejar de mirarte, me inclino para que veas mis pechos y  saco uno fuera.

Ahora es tu turno seguir con la historia. Y yo, fielmente, representaré todo lo que cuentas y colgaré las fotos que lo demuestren en este blog.

P.D. Sorry por la calidad de las fotos. En estos momentos en España estamos todos recluidos en nuestras casas, por razones de contención de coronavirus. Pero ganas de hacer las cosas traviesas no nos faltan))). Por eso ayer hice estas fotos en el portal de mi edificio, casi a la vista de los vecinos de enfrente. Y haré más mañana, te lo prometo. Besazos.

4 comentarios sobre “La jefa morbosa.

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  1. En el espejo me veo reflejado, no con cierto aire ridículo, totalmente desnudo, y a ti, aún vestida tan sería y elegante como todos los dias. Siempre con tu ropa impoluta, ajustada como si fuera una segunda piel, enfundada en esos tacones de aguja, que para cualquier mujer serían una tortura y con los que pareces flotar por toda la oficina. Puedo admirar en el espejo como has descubierto uno de tus pechos a través de la blusa blanca. Me siento ridículo, excitado y sorprendido. Nada hacia presagiar esta mañana de lunes fría, plomiza, que me iba a encontrar donde me encontraba en este momento, en una habitación de hotel, desnudo frente a mi fría, dura y exigente jefa, cumpliendo las órdenes que me daba. Porque esa mañana no presagiaba nada bueno…..

    Ella, mi jefa, me pidió un informe de situación del último mes. Lo quería tener en su mesa a primera hora del lunes. Y yo no lo había hecho, y no tenía ninguna excusa. El fin de semana lo pasé entre aperitivos, comidas, cenas, gin tonic y tirandole los trastos a mi compañera de oficina. No lo había hecho. Confiaba en mi labia para poder escapar a la charla de mi Jefa, confiaba en que mi Jefa tendría hoy uno de esos lunes de reuniones y que se olvidaría de mi. Confiaba que habría salido de viaje, mi Jefa, y que tendría unos días para preparar el maldito informe. Pues no, apareció a primera hora, como siempre. Iba vestida, embutidos más bien, en esa falda negra como una segunda piel. La blusa blanca elegante ligeramente escoltada. Su cuello adornado con un clásico collar de una única perla. Andaba suspendida en sus tacones de aguja, mirando a todo el mundo por encima en su lento caminar de la puerta a su despacho. Pasó a mi lado, desprendía esa mezcla de gel de baño caro y su intenso perfume francés. Pensé que se habría olvidado de mi al pasar de largo de mi mesa, pero……se giró, me miró unos segundos que parecieron eternos, y con su mirada clavada en mi, salieron de su boca las fatídicas palabras que no quería oír. “Pedro, coge tu informe y pasa a mi despacho en 5 minutos”. Me volvió a mirar, otra eternidad. Creí percibir, que no tenía ningún informe para ella, y la vi disfrutar fugazmente, sabiendo que tenía la oportunidad de mostrar la Jefa que llevaba dentro. Se dio la vuelta y se metió en su despacho…..sólo me quedaban 4 minutos

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  2. Queda tu pecho al aire mostraban el deseo que emerge del volcán interno que mezcla todos los deseos, encendidos en el infierno corporal, catapultados al paraíso celestial por unos labios que desean recorrer cada vena de tu cuerpo. Sigues con tu juego y desde tu posición giras, levantando tu falda, me muestras que aún subsiste la ropa interior inferior calzada entre surcos de pasión; tu mano emprende viaje al sur de las dunas que destilan ese único y tan particular dulce sudor. Caes sobre el sofá, tus piernas se abren y cierran tratando de sofocar el incendio cuando, sin esperarlo, sientes mi mano que aterriza en la pista que lleva a conocer todos los sentidos jamás sentidos. No logras contener el gemido, aunque tus labios aun estén pegados. Cómo una tormenta, tu cuerpo de fuego comienza a girar y se coloca dándome la espalda; mis manos atrapan tus pechos y con mi lengua recorro tu cuello de lado a lado sin compasión, buscando el incendio total de tu cuerpo. En vano intentas escapar de entre mis brazos provocando más entrega, más deseo, más anhelo de aquello que el cerebro empieza a proyectar como que está sucediendo, pero que aún es deseo, fantasía. El tiempo se hace lento, caluroso, húmedo, al instante en que mis piernas rodean un cuerpo que, indefectiblemente, viaja al punto más ardiente de su llanura. Los eróticos sonidos de tu voz se transforman en palabras de súplica por fundir los cuerpos sin espera, en el preciso instante que la última prenda que quedaba en tu cuerpo cruza la frontera de los pies y, delicadamente, viaja a esa boca enloquecida, sensual, femenina, para acallar sus palabras y solicitar tu rendición sin condición alguna. Mis labios, cual profeta del placer, encuentran el canal de la más ardiente de las pasiones, dispuesto a llegar al final, hasta que el volcán haga erupción, dando inicio al juego, que recién comienza.
    La barba candado roza los pliegues que ponen ritmo sinfónico al músculo verbal que explora la fuente donde nacen olas dulces que humedecen la playa de Venus, y hasta las arenas donde despiertan todos los dioses del Olimpo carnal. El frenético y estremecedor movimiento corporal hace caer la húmeda y diminuta pieza de tela que intentaba contener las palabras desesperadas, liberando el estruendo que convoca al clímax, alarido que retumba en las cuatro paredes de la habitación. La fuerza de las piernas que aprisionan la cabeza no impiden que aquel demonio sin hueso descienda, se instale, y comience a golpear la puerta prohibida que yace entre aquellos dos médanos empapados de la humedad que ha buscado libertad, lubricando cada engranaje para que la armonía entre el jadeo y el movimiento sean perfectos. La puerta prohibida, siempre cerrada con mil candados, se contrae impidiendo al visitante lograr su cometido. La llave que conjuga el éxtasis y el deseo inicia la búsqueda de la combinación que abra la puerta. Un rayo de placer fulmina toda resistencia, las dunas del pecho sienten que un viento huracanado las erosiona, las ataduras se tensan ante el intento de zafar, una gran ola desde el abra superior interrumpe la escena; la puerta prohibida cede y el visitante enciende la antorcha que el dulce mar no puede apagar. El instante se hace eterno, la luz se hace intensa, cada músculo se detuvo y el aire caliente dora cada centímetro de piel. Le sigue un suspiro angelical; la relajación total, el fin del viaje.
    Pero no estaba en los planes inmediatos otorgar la libertad. “Aún no…” se escucha en tono de susurro al momento que el demonio del deseo se presenta a escasos diez centímetros de los labios que ya no aguantan la soledad. Lentos movimientos acomodan los cuerpos en la nueva escena. La flecha del placer aterriza entre sudorosos pechos ardientes y resbala cual tronco que navega entre cerros después de la tormenta…el juego aún no acaba…

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