Una oda a la lencería.

Siempre me sentía a gusto con el hecho de haber nacido mujer. Me encantan las cosas de chicas, bolsos, tacones, perfumes, colores, maquillaje, cremas para todo lo imaginable e inimaginable, vestidos muy femeninos, tactos agradables (y los que me conocen bien, saben que no soy superficial, solo me siento y soy una mujer al cien por cien). Mi madre me contó que de pequeña yo tenía la piel tan delicada que los algodones un poco mas duros y lanas siempre me hacían daño. Por lo que me acostumbraron llevar a diario una prenda de tacto suave, como seda, debajo del ropaje habitual.  Era mi primer y muy temprano contacto con la lencería fina. Durante años mis padres me vestían solo con vestidos y faldas, hasta tal punto que mis primeros pantalones probé al terminar el colegio,  ya con 16 años (y al principio me sentía muy rara con ellos).  Eran otros tiempos, otro país, otras costumbres, aunque no tan lejanos, como puede parecer.

Pasaron años y descubrí el mundo de las medias (que encajaron con mi forma de vestir a la perfección). Desde entonces siento aún mas lástima por los hombres, ellos nunca sentirán el goce de llevar algo parecido en  público (y estar bien vistos por ello). Es una experiencia muy sensual, casi orgásmica, la de percibir su contacto con la piel.  Las mejores y, al mismo tiempo mas difíciles de llevar, son las medias de seda que no admiten ninguna aspereza, tienes que poseer la piel de seda, como la de un bebé.

Para poner unas medias hay que seguir un ritual casi mágico. Primero, debes sacar una prenda muy frágil y suave del envoltorio. A veces, cuando lo hago,  me parece que estoy sosteniendo en mis manos una nube delicada que al primer movimiento brusco se romperá. Para hacer este ritual correctamente, hay que estar desnudo, solo se permite llevar un cinturón liguero o algo por el estilo. Cuidadosamente meto la punta de pie dentro de la media y la deslizo hacia arriba, desplegando por toda la pierna el tacto sedoso. En estos instantes, hasta la ingle sube un pequeño hormigueo de electricidad. Tras click click en el liguero, observo el resultado, maravillada. Repito el movimiento con otra media  y, tras fijarla en el liguero también, lentamente,  empiezo acariciar una pierna con la otra, con ojos cerrados, disfrutando del bouquet de las sensaciones. Pequeñas olas de placer van subiendo desde la punta de pies e invaden todo el cuerpo. Cuando ya  no puedo aguantar el efecto eléctrico en la ingle, cuando la tensión se vuelve insoportable, junto – con mucha fuerza- las dos piernas y me mantengo así, quieta, unos segundos, disfrutando de la explosiones deliciosas por dentro. Después me levanto con un salto y sigo continuando mi vida de mujer, adulta y libre.

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